Atapuerca, el origen


Me ha hecho ilusión saber que estos días ha estado en España, visitando Atapuerca, nada menos que Donald Johansson, el descubridor de Lucy. Johansson es un célebre paleoantropólogo estadounidense que en 1974 se encontraba excavando en el yacimiento de Hadar, en Afar (Etiopía), cuando dio con un esqueleto casi completo de un homínido muy, muy antiguo: algo más de tres millones de años.

Era una hembra de un metro de altura que en vida pesaría unos veintisiete kilos y a la que el equipo de Johansson bautizó como Lucy porque en ese momento sonaba por la radio la canción Lucy in the sky with diamonds, de los Beatles. Luego, completados los correspondientes estudios, fue encuadrada como una nueva especie de Australopitecus (hoy hay seis reconocidas), la afarensis.

Aunque me gustaría, nunca he estado en Afar ni en ningún otro rincón de Etiopía, pero sí pude darme el gustazo de ver en vivo la garganta de Olduvai, en Tanzania, donde se hallaron restos de otros homínidos: Parantropus boisei, un ancestro de los australopitecos, y Homo habilis, el primer humano. Lo gracioso es que esa zona la estudiaron los Leakey, adversarios (intelectualemente hablando, claro) de Johansson.

El caso es que el pasado mes de abril también estuve en Atapuerca, uno de los yacimientos prehistóricos más importantes del mundo por cantidad y calidad de las piezas halladas, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y un rincón más para engrosar la ya de por sí sustanciosa oferta turística de Burgos.

Preparando la azagaya
Para visitarlo hay que desplazarse a diecinueve kilómetros de la ciudad a uno de los dos puntos de partida posibles, Atapuerca o Ibeas de Jarros (se indica cuál al adquirir la entrada) y tener en cuenta que el conjunto está formado por varios sitios separados entre sí por la sierra, por lo que harán falta varios días para verlo todo. Lo digo porque hay que reservar las horas a través de Internet, por lo que es necesario coordinarlo bien.

Lo ideal para los neófitos sería empezar por el Parque Arqueológico, situado tras el Centro de Recepción de Visitantes. Es una especie de centro de interpretación de la Prehistoria que sirve para que se hagan una idea de cómo vivían nuestros antepasados, pero de forma participativa: fabricar un bifaz golpeando cantos rodados con un percutor, descubrir la forma en que se pintaban las paredes, intentar encender fuego con la conocida técnica de frotar dos maderos o incluso probar a lanzar una azagaya contra un bloque de paja -algo que se dio bastante bien, lo que, unido a algunos cabellos rojizos, demuestra mi ascendencia neandertal-.

De ahí, y en autocar, se puede pasar a la visita a la trinchera, abierta en el siglo XIX para establecer una línea férrea ya extinta y donde hoy excavan los arqueólogos, tanto en profundidad como hacia los lados, con mucho cuidado para que no se desmorone todo. Allí se localizan, de forma contigua, la Sima del Elefante y la Gran Dolina. En el mes que fui no había nadie trabajando porque sólo se hace en verano. Además, estaba nevando, por lo que bajo el preceptivo casco tuve que llevar un gorro, no fueran a helárseme las ideas; seré neandertal, pero degradado genéticamente. Las glaciaciones no son para mí.

Vistando a los parientes
A través de los andamios se observan los estratos, huesos que afloran, marcas colocadas por los paleobotánicos, las cuadrículas delimitadas por cordeles... No es difícil entenderlo porque el recorrido es con guía y muy didáctico, para que los niños no se aburran. Claro que algunos nos quedamos con ganas de ver las cosas más de cerca. Para eso hay un itinerario especial que se hace otro día, pagando aparte y para el que, por supuesto, hice la correspondiente reserva. Lo contaré en el próximo post.

Fotos: Marta B.L.

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