El rocambolesco viaje a Brasil de Toni Kuakman (IV)

Cuarto capítulo del rocambolesco viaje a Brasil de Toni Kuakman. Dejados atrás sus problemas con los vuelos y cambios de aeropuerto, y tras tener que pedir un préstamo a su amigo al no funcionarle ninguna tarjeta de crédito...

Para resarcirme de la tensión acumulada decidí pasar un día de relax en la famosa playa de Copacabana sin hacer nada, tumbado al sol, bebiendo refrescos y sólo forzando la vista para solazarme con los espectaculares cuerpos de Río, de reconocida fama mundial.

Pero no tuve en cuenta que era domingo y, claro, el lugar estaba abarrotado. Era como si todas las favelas se hubieran puesto de acuerdo para reunirse allí con sus familias numerosas, tan numerosas que parecían tribus enteras, así que encontrar un metro cuadrado de arena libre fue una de las proezas de las que me siento más orgulloso de mi paso por Brasil.

Lo de forzar la vista sí que lo conseguí a la primera pero no por lo que esperaba. ¿Se habían escondido todas las garotas de las canciones?  ¿La chica de Ipanema -en este caso Copacabana- había dejado su sitio las gordas de la Orquesta Mondragón? Desde luego allí nadie parecía pasar hambre; el día que se logre sustituir las favelas por barrios de clase media aquello va parecer uno de esas islas donde se reúnen miles de morsas o elefantes marinos.

En cambio, los hombres eran montañas de músculo, como si hubieran hecho un casting de extras para Conan, el Bárbaro en la misma playa.  Y allí estaba yo, pesando aproximadamente la mitad que el brazo de cualquiera de ellos y resplandeciendo como una aparición mariana por el tono inmaculado de mi piel ante el bronceado generalizado, negros aparte.

Playa de Copacabana: el mito...
... y la realidad.
O la realidad  alternativa.
Dado que el espectáculo resultaba algo decepcionante decidí echar una siesta, cosa que tampoco pude llevar a buen término. Y no sólo porque, aunque los cariocas suelen ser bastante discretos, los vendedores ambulantes se encargan de aparecer altavoz en mano cuando empiezas a entrecerrar los ojos, ofreciendo todo lo que uno pueda imaginarse, desde cervezas frías a bisutería pasando por biquinis y tatuajes, sino también porque -recuerden el escaso espacio disponible- ante mi cara posó sus reales una ballena mulata cuyo tonelaje se desparramaba por las costuras de su tanga, de talla inversamente proporcional a la cantidad de arrobas que se supone debía contener.

Así era imposible conciliar el sueño y de todos modos, para qué engañarnos, de haberlo hecho seguro que hubiera terminado color gamba. O más ridículo aún, dejando la blanca silueta de la mano sobre la piel enrojecida. Así que tuve la idea de darme un baño. Por suerte o por desgracia, puedo decir que he vuelto de Brasil sin haberme metido en las aguas del Atlántico: ese día había unas olas furiosas que quizá serían el sueño de cualquier surfero pero provocaban una peligrosa resaca, desaconsejando ir más allá de mojar los pies so riesgo de acabar arrastrado por un maelstrom playero.

Algo que no parecía importarles a los cientos de adolescentes que se zambullían de cabeza cada vez que rompía una (una ola, quiero decir, no una cabeza) y a los que nadie avisaba del peligro; de hecho, si en Copacabana se usa el mismo código a base de banderas de colores que en España, aquel día debían tenerlas todas en la lavadora. Por eso los servicios de salvamento tuvieron que emplearse a fondo.

En Copacabana el rescate es estilo Findus
Tanto que, en el tiempo en que estuve en la playa, tuve ocasión de contemplar nada menos que tres operaciones de rescate. Por cierto, un auténtico show porque parece que allí no se estila tanto lo de David Hasselhoff o Pamela Anderson corriendo por la playa a cámara lenta, o el usar una zodiac de las de toda la vida, como el tirar directamente de helicóptero: el salvavidas nada hasta la víctima y la mantiene a flote mientras la aeronave lanza una red y pesca, literalmente, a ambos. Debe ser humillante eso de estar a punto de ahogarse y que te saquen envuelto en una red, como un atún. Y encima con toda Copacabana amontonada en la orilla, contemplándolo sin perder detalle y grabando con sus cámaras. Quizá los rescates se hagan así deliberadamente, para escarmiento público.

En fin, que las playas de Río de Janeiro son un espectáculo, aunque no necesariamente del tipo que uno se imagina. Así que, viendo que el turismo tradicional no resultaba tan atractivo como debiera, opté por cambiar al de aventura: al día siguiente me fui al Amazonas, a ver si mejoraba lo presente. Ya pueden empezar a reir para ir calentando.

Foto 1: Wikimedia

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