Amor al arte

No sólo Iberia pierde equipajes. En 1813, cuando las tropas francesas se retiraban de España con José Bonaparte a la cabeza, fueron alcanzadas por Wellington en Vitoria. El rey intruso se vio obligado a bajar de su berlina y salir pitando a caballo cuando un regimiento de húsares británico le reconoció y cargó contra él. Pasando por encima de todo quisque dejó atrás dejó el tesoro que sus tropas habían estado reuniendo a lo largo de los años de dominación en el país y que ocupaba la friolera de mil quinientos carros. Precisamente al ingente convoy se debía la lentitud de la marcha de la columna que permitió al enemigo darle alcance.

Como narra Galdós en sus Episodios nacionales (El equipaje del rey José), esparcidos por el campo quedaron baúles llenos de monedas de oro y plata por valor de cinco millones de duros, joyas, sedas, objetos de orfebrería procedentes de catedrales y monasterios, vajillas de los palacios, porcelanas, millar y medio de cuadros, tapices de las colecciones reales, retablos de iglesias, colecciones minerológicas y botánicas... hasta un orinal de plata del monarca. Los casacas rojas abandonaron la persecución y se lanzaron al saqueo cabreando profundamente a Wellington: "El soldado británico es la escoria de la Tierra".

La impresión que dejó en sus aliados aquel comportamiento fue lo suficientemente recelosa como para que el general Ricardo Álava entrara antes que los demás en la ciudad vasca y advirtiera a los habitantes: "Guardad todo lo que tengáis porque éstos que vienen conmigo son peores que los que se han ido". Vitoria se libró de los desmanes pero no Salvatierra ni San Sebastián. En realidad no era una novedad porque ya en Badajoz habían cometido tales tropelías ("jauría de perros vomitados por las regiones infernales para la eliminación de la Humanidad" les describió un suboficial) que Wellington tuvo que amenazar con ejecutar a los oficiales que no supieran contener a sus tropas. Sin embargo el propio duque ordenó destruir el puerto donostiarra para que no hiciera competencia a los de Inglaterra, igual que antes había volado la Real Fábrica de Porcelanas de Madrid por idéntico motivo. "Consecuencias de la guerra" dijo el listillo.

Al terminar la guerra el lord ofreció a Fernando VII la devolución del botín, asustado por el valor que le calculaba (en 2006 se estimó que ascendería a cien millones de dólares). Pero el rey decidió regalarle las pinturas "que han venido a su posesión por medios tan justos como honorables". Y así se pueden ver hoy en Inglaterra obras de Velázquez como La Venus del espejo (National Gallery), El aguador de Sevilla o Dos hombres a la mesa (Apsley House), entre otros ochenta y tres lienzos de Murillo, Rubens, Van Dyck, Tiziano, etc.

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