Las urracas parlanchinas en Hughada

 

 
Cuando vives en ciudad no es el gallo el que saluda la aurora sino otras aves. En mi caso, cada mañana son las gaviotas las que me despiertan con una barahúnda que a veces parece el parlamento de Taiwán. Lo que nunca se me pasó por la cabeza es que un día pasaría un par de semanas de preciadas vacaciones en un destino exótico madrugando inmisericordemente por culpa de unos córvidos -a los que bauticé las urracas parlanchinas recordando los dibujos animados de mi infancia-, que estaban afincados plácidamente en el hotel. A cuerpo de rey, además, que el establecimiento era de cuatro estrellas. 
 
Fue una de las sorpresas que me llevé la primera noche que pernocté en Hurghada, una urbe egipcia que ofrece una alternativa de sol y playa a los clásicos cruceros por el Nilo y que, al estar en el Mar Rojo, pensé que sería pródiga en gaviotas. No ocurrió así. Apenas las ví hasta que que embarcarqué en una de esas excursiones contratables para bucear en los arrecifes de coral, pero lo que es en el hotel lo único que pude encontrar fueron unos grandes y osados pájaros negruzcos de pecho amarronado que pululaban entre las mesas de las terrazas en busca de comida y eran inquilinos perennes del sitio. 
 
 
Así que ahí estaba yo, durmiendo a pierna suelta, recuperándome de un viaje infernal que entre trayectos previos en tren, retrasos de aviones, controles policiales y esperas en el aeropuerto me había llevado veinticuatro horas, cuando un coro de extemporáneos graznidos interrumpió la placidez del sueño frustrando mi merecido descanso. No sé con exactitud qué hora era; sólo que empezaba a clarear y que aquel pandemónium aviar se mantuvo los minutos necesarios para fastidiarme ya en la primera jornada, sin darme pie a imaginar siquiera que el mismo panorama me esperaba los catorce días siguientes. 
 
Cierto es que la cosa pudiera no haber sido tan grave, ya que el concierto acababa por cesar dando margen para seguir durmiendo un par de horas, de no ser por que en el solar de al lado estaban construyendo otro hotel y los trabajos empezaban a primera hora de la mañana, de manera que al final uno tenía que terminar levantándose y confiar en que sería posible recuperar el tiempo de sueño a media mañana, en una hamaca piscinera. Lamentablemente, a esas horas había acqua gym y su música atronadora hacía imposible no ya cerrar los ojos sino permanecer echado sin que el sesísmo rítmico que provocaban sus imponentes altavoces le hiciera saltar a uno como en una cama elástica.
 
En fin, no me quedó más remedio que arriar la bandera, madrugar, meterme a entrenar en la piscina con guiris color cangrejo mientras sonaba la Bomba de King África (sí, también en Egipto) y, como mucho, tratar de dormitar después del almuerzo. Sólo que entonces acudían las aves en busca de las sobras y acababan dando saltitos sobre mi toalla mientras se deleitaban picoteando restos de kebap y pizza. No me resistí y satisfice mi curiosidad en Internet, descubriendo que eran de la especie corvus cornix, o sea, cornejas cenicientas, seguramente en alusión al peculiar colorido pardo que contrastaba con el resto del plumaje negro. 
 
Un nombre que no deja de tener su punto irónico, habida cuenta de que la Cenicienta se retiraba a las doce y se supone que dormiría sus ocho horas, al menos cuando ya ascendió a princesa. Estas cornejas pueden formar colonias de hasta un centenar de individuos y hacer unos cincuenta nidos en un mismo árbol. Y resulta que en ese hotel no sólo había montones de palmeras sino que yo me alojaba en la cuarta planta, a la altura de sus copas, perfectamente situado para percibir sus ensordecedores saludos al sol naciente. 
 
Cómo para seguir en la cama. Hasta Morfeo tiraría la toalla.
 

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